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Mayo 2012
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Llegamos temprano al lago de Tequesquitengo, nuestra idea es disfrutar de una fiesta sin par en México, la Celebración de la Ascensión del Señor en el Lago de Tequesquitengo. Esta fiesta se celebra 40 días después de Semana Santa y siempre se realiza en Jueves.
Después de cruzar algunas calles del pueblo, llegamos a la orilla del lago de donde sala la imagen del Santísimo para abordar una bella embarcación adornada con flores y globos. En otros años esta celebración se realiza en el Barco, donde el Obispo oficia una misa, mientras surca lentamente las aguas del lago.
Cientos de lanchas adornadas también con flores, palmas y globos, realizan una peregrinación navegando atrás de la embarcación que lleva al Santísimo, después de un breve recorrido de aproximadamente una hora, el Santísimo retorna a tierra, mientras cientos de lugareños y visitantes asombrados todavía por la magnitud de la procesión en marcha, vemos caminar al Obispo con las manos en alto sosteniendo la imagen del Señor.
Ahora inicia el show, avezados esquiadores del lugar se organizan y realizan espectaculares acrobacias sobre los esquís, pirámides de tres, cinco y hasta siete esquiadores, perfectamente alineados… También se realizan saltos en esquí, con la ayuda de una plataforma flotante que hace las veces de rampa, desde donde salen a velocidad sorprendente los valientes esquiadores, mientras dan vueltas y caen sobre un solo esquí.
Y ahora viene Eduardo López, el más famoso habitante de Teques, tal vez su nombre no le recuerde mucho, pero si les digo que es “Molacho” entonces sí, no habrá quien diga que no lo conoce. Molacho es desde hace más de 50 años instructor de esquí y ha llevado el nombre de Teques a varias naciones del planeta, representando a México en diversas competencias internacionales.
Molacho se viste con unas grandes gafas y sonriente como siempre, se lanza al agua, toma la cuerda que lo jalará desde una lancha y se sube a… un gran banco de 1 metro y medio, con una tabla que hace de esquí… allá va Molacho dando vueltas arriba del gran banco, ahora se levanta, se para sobre el banco, levanta una pierna, que impresionante! Sobre todo por la edad de Molacho, es si lugar a dudas todo un personaje.
Mientas el público en tierra se divierte con el show, para comer les recomiendo los tamales nejos, disfrútenlos mientras beben una deliciosa cerveza bien fría o un agua de Jamaica para mitigar el calor.
Poco a poco las personas se van retirando sonrientes, comentando las peripecias de día, mientras a lo lejos se escucha a los lugareños poniéndose de acuerdo para la organización de la celebración del próximo año.

Una bella característica de la zona, es el colorido que le dan sus flores, como ejemplos podemos mencionar a la bugambilia, con sus variedades de color fuschia, blanco, rojo, morado y anaranjado. O la flor de nochebuena, originaria de la zona de El Texcal, y conocida mundialmente.
Distintas variedades de rosas, anturios, jacarandas, tabachines y primaveras, entre muchas otras variedades, complementan la diversidad de flores del lugar.
No en vano, Cuernavaca, la capital, ha sido bautizada como la Ciudad de la Eterna Primavera, y haciendo honor a su nombre que le ha dado fama mundial, se viste todo el año de colores inigualables en sus calles, sus parques públicos, y los cientos de jardines particulares que adornan las casas de los morelenses.
Hermosos tonos de morado, amarillo y rosa, desde febrero hasta abril coronan las copas de los árboles y luego cubren con alfombras de pétalos las calles de la ciudad, en un despliegue de belleza natural que ostentan las jacarandas, las orquídeas silvestres, y las primaveras.
Luego en plena primavera, se pinta el paisaje de un anaranjado intenso, con flores hermosas que penden de los orgullosos y añejos tabachines, y dan paso sutilmente a los tulipanes de la India, que siguen floreciendo hasta entradas las lluvias.
En septiembre y octubre los campos se tiñen de amarillo y púrpura, tapizados de silvestres florecillas.
Y así cada mes tiene un color y un aroma especial que le impregnan las flores de Morelos, como en constante competencia por llenar de luz este rincón de México.
En los campos brilla intensa la flor de cazahuate, en los callejones perfuma la noche algún discreto jazmín, en miles de jardineras florecen rosas, lirios, azucenas, margaritas, aves de paraíso, bugambilias y, por supuesto, nochebuenas.
Pero las flores de este lugar no sólo son para admirarse, también se comen; se mezclan con especias, se sazonan con cariño y se convierten en deliciosos platillos de la cocina mexicana, como los tzompantles, esos pequeños pitillos rojos que cuelgan en ramitos, alegran la mirada y son el principal ingrediente de unas riquísimas tortitas, o las tan solicitadas flores de calabaza que se distinguen entre los condimentos de las quesadillas.
Flores de colores, de olores y de sabores que adornan la vida, eso es lo que en Morelos hay.
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El arte rupestre se puede definir como la manifestación artística realizada sobre una superficie rocosa o retocada in situ, como una pintura, de acuerdo con la definición elaborada en el III Simposium Americano de Arte Rupestre. Se considera arte rupestre también a la escultura sobre la piedra, a la que llaman petroglifos.
En Morelos existen numerosos sitios en los cuales se puede admirar este tipo de arte, aunque dichos sitios son de difícil acceso, si a usted le gusta el senderismo, esta es una oportunidad que no puede desperdiciar.
El primer sitio que describiremos, se ubica en el municipio de Tlayacapan, muy cerca de la cabecera del poblado, en una caminata de unos quince minutos aproximadamente, hacia el poniente del pueblo.
Estas pinturas se ubican en una pequeña saliente, más o menos a unos ocho metros del piso, aquí encontramos formas como una media luna y una animal cuadrúpedo, además de petroglifos en el piso de la saliente, que por su ubicación seguramente les servía de escondite y mirador, pues desde ese lugar se abarca visualmente una gran cantidad de terreno.
La segunda referencia se localiza en la ribera de la barranca de Amatzinac, justo entre los límites de Morelos y Puebla, muy cerca del Volcán Popocatépetl, aquí encontramos pinturas a una altura considerable del piso, sobre la pared podemos distinguir caras, una figura de un animal con la cola retorcida hacia arriba, lunas, guerreros con lanza y escudos y otras figuras, estas pinturas son de las mejor conservadas y más detalladas, quizá porque el sitio donde se ubican está a unos diez metros del suelo.
En la Cueva del gallo, en el municipio de Tlaltizapán, muy cerca de un balneario rústico, se encontró un pequeño entierro prehispánico y en la entrada de la cueva se aprecian claramente la figura de una luna, animales y una especie de máscara.
En la comunidad de Cuentepec, Municipio de Temixco, existen también algunas representaciones de arte rupestre de muy buena manufactura.
Por último, en Amatlán de Quetzalcóatl, municipio de Tepoztlán, existe una gran piedra que semeja una entrada triangular de enormes proporciones, en la gran bóveda que se forma, se aprecian sobre la roca figuras de un animal y de una media luna, a unos seis metros del piso.

Gabino Valencia Sánchez, creador a nivel nacional de los “tacos acorazados”, fue protagonista de los grandes cambios del nuevo Cuernavaca. Nacido en el Estado de México en 1900, llegó a Cuautla, Morelos, a los 8 años, año en que su padre fuera muerto a manos de las fuerzas federales de Porfirio Díaz por no estar de acuerdo con el régimen dictatorial, por lo que a su esposa, doña Félix, le quedó toda la responsabilidad de su pequeño hijo.
Su hijo, Gabino, llenó una cazuela de arroz colorado y unas piezas de pollo hervido con una olla de salsa y se lo llevaba en su canasta a la recién inaugurada estación del ferrocarril de Cuautla, ofreciéndolo a los hambrientos pasajeros por el largo viaje desde la capital. Mientras doña Félix preparaba una salsa de su propia invención con trocitos de papa hervida, aceite, chile cuaresmeño y todo hervido en consomé. Los tacos con la salsa fueron un gran éxito y a la siguiente llegada del tren, doña Félix ya se llevaba una canasta más grande, con doble tortilla y mucha salsa, desplazando a las demás vendedoras.
A los 13 años, Gabino Valencia ayudaba a su mamá con la cubeta de refrescos y hielo. En una ocasión, los soldados de la División del Norte llegaron a comer, vaciaron la canasta y, entre risas y burlas, se fueron sin pagar, dejando tristes a doña Félix y a Gabino. Un oficial llamó a los soldados y los obligó a liquidar su comida, e invitó a los Valencia a ir con ellos a cocinar para toda la tropa. Al saber que eran revolucionarios, aceptaron de inmediato. Así conocieron gran parte del país. Contaban que vieron la entrada de Francisco Villa a la Ciudad de México, la bienvenida de los habitantes y la fuerte resistencia de los federales y presenciaron la entrada del Ejército Libertador del Sur, con el general Emiliano Zapata al frente.
Después de trabajar en una farmacia en Cuautla, siguió vendiendo tacos con doña Félix en la estación del ferrocarril, y a finales de 1920 llegaron a vender en la estación del tren de Cuernavaca. Llegan a vivir a la calle Rayón, y Gabino encuentra trabajo en el hotel Chulavista. En aquel entonces, doña Félix instaló su puesto de tacos al poniente del Jardín Juárez, haciendo que Gabino dejara su trabajo del hotel para que le viniera a ayudar. El puesto se encontraba frente a los camiones de la Estrella Roja y la primera agencia de periódicos en Cuernavaca. Gabino acomodaba los refrescos en una tina con hielo, y doña Félix se preparaba para ofrecer sus ricos tacos con la salsa de la receta secreta, los cuales tenían un costo de entre 50 y 75 centavos.
Nueve años después, un joven llamado Antonio (El Diablo) Soxi les ayudaba a cargar la canasta y, durante la mañana, lavaba los pocos autos que habían estacionados frente al Bellavista. El Diablo Soxi a veces salía de viaje, y, estando en Veracruz, escuchó que un barco amenazaba las costas de México. Al estar frente a él se asombró y supo que se trataba de un “acorazado”, lo que le hizo pensar que era un buen nombre para los enormes tacos de doña Félix y de su hijo, Gabino.
En 1950 se trasladan a la Plaza de Armas, frente a la Fuente de los Leones, y en 1960 se cambian a su casa de Rayón, donde ponen unas sillas y mesas, su canasta de arroz y guisados, los que diversifica con carnitas, manitas de puerco, chiles rellenos, milanesas y otras viandas.
Gabino se hace cargo del negocio porque doña Félix, en 1976, estaba muy enferma, y al poco tiempo fallece, a los 90 años. Gabino Valencia, hombre de un gran carisma y dicharachero, todo el tiempo bromeaba y animaba a los comensales, quienes venían de todos los estratos sociales, desde funcionarios de gobierno de alta jerarquía hasta los más humildes trabajadores, taxistas, comerciantes, estudiantes y, por supuesto, sus amigos, a quienes les daba crédito, pero siempre se los llegaba a cobrar, con excepción de su amigo El Diablo Soxi.
El señor Valencia tuvo 10 hijos. Falleció en 1990, dejando tras de sí una vida de trabajo y aciertos, al lograr que los tacos acorazados fueran reconocidos en todo el país como el platillo regional de Cuernavaca, en especial por las rajas de chile con papas, que nadie ha podido igualar.
Hoy los nietos del señor Valencia mantienen viva la tradición de los Tacos Acorazados, sirviéndolos como sus antepasados en la calle de Cuauhtémoc esquina con Colpalhuacán, en el barrio de Amatitlán.

Salimos de la Ciudad México cerca de las nueve de la mañana, tomamos la autopista a Cuernavaca y tras una hora de camino vimos la capital de Morelos, nos seguimos de frente… nuestro destino está a unos 40 kilómetros de la capital morelense, se trata del lago de Tequesquitengo.
Son las once de la mañana, un día soleado nos recibe en Teques. Seguimos los señalamientos buscando algún lugar para pasar el día, comer y disfrutar las cálidas aguas del lago y encontramos los de Playa la Virgencita, a unos metros del circuito del lago en el corazón del pueblo, bajamos por un camino sinuoso y pintoresco como es todo nuestro México.
Al llegar nos recibieron con una amable sonrisa y nos acomodamos en las sillas de playa a la orilla del lago. Son las once treinta y después de un frugal almuerzo, contratamos una lancha para realizar un paseo de una hora en el lago… sentimos la brisa en la cara y nos damos cuenta de la belleza que nos rodea, el sol sigue cayendo a plomo, afortunadamente unas bebidas mitigan nuestra sed.
Beto se animó y comenzó sus clases de esquí, al principio le costaba mucho trabajo poder enderezarse sobre los esquíes, pero poco a poco, gracias a los consejos del lanchero (que por cierto, no cobró por enseñarle, ni por prestarle los esquíes, dijo que está incluido en la renta de la lancha) Beto pudo al fin deslizarse suavemente por las olas que generaba nuestro paso por las aguas… fue muy divertido.
Al regresar a la playa, nos esperaba un banquete de mariscos, donde reinaban los camarones al ajillo con una guarnición de ensalada; Lety pidió unos camarones empanizados y Edgar prefirió un cóctel con sus galletitas saladas. Cervezas y refrescos para todos; mientras comíamos, los rayos del sol empezaron a caer por el horizonte, regalándonos un espectacular atardecer sobre las aguas del lago.
En la playa los niños disfrutaron además de una alberca, una cama elástica y corrieron por todo el jardín gastando energía que reponían de cuando en cuando con un sorbo de deliciosa y fría agua de naranja.
Las primeras sombras de la noche empezaron a envolvernos y nos despidieron de este bello lugar, el cual prometemos volver pronto a visitar.
PARA LLEGAR:
Desde la Ciudad de México 120 km. Tome la Autopista del Sol, al pasar la caseta de Alpuyeca (no es la salida a Balnearios, es la siguiente), tome la desviación del lado derecho y siga los señalamientos hacia Tequesquitengo.